Elogio de la coherencia

 

Elogio de la coherencia

En el que hablamos de las ventajas de cambiar de opinión, y de cómo hoy sale barato, frente a los riesgos indiscutibles de la mentira y de la duplicidad.

Esta semana ha muerto Jason Arday, profesor de Sociología de la Universidad de Cambridge, con apenas 41 años. Su muerte llegó pocos días después de que presentara su dimisión y en medio de una tormenta pública alrededor de su currículum, su tesis doctoral y algunos de los episodios extraordinarios que había contado sobre su propia vida.

Sabemos que estaba profundamente afectado por la exposición mediática. Su amigo Simon Baron-Cohen habló con él horas antes de morir y explicó después hasta qué punto se encontraba desbordado. Su familia sostiene que había sido víctima de una campaña de desinformación y acoso.

Y tampoco sabemos todavía dónde termina la exageración y dónde empieza la falsedad en todo lo que se ha publicado sobre Arday. Lo que conviene recordar es que, para estas cosas, en España tenemos el 024, una línea de ayuda fácil de recordar porque opera las 24 horas del día.

La controversia comenzó con acusaciones de plagio en su tesis doctoral y con una serie de inconsistencias en su biografía. Durante años se había contado de Arday que había sido prácticamente incapaz de hablar hasta los once años y que no aprendió a leer y escribir hasta los dieciocho. Su historial de recaudación de fondos y sus supuestos logros atléticos quedaron en duda. Era una historia de superación que pasó de ejemplar a muy discutida. La prensa investigó como si hubiese sido un primer ministro, hizo un escrutinio muy estricto de su vida y analizó cada exageración que pudiese haber en su historia. Por más que Baron-Cohen, director del centro de investigación sobre el autismo de Cambridge recordara en público que una de cada cuatro personas ha planeado o intentado suicidarse y advirtiera del riesgo de un acoso sistemático, la historia no abandonaba el ciclo informativo. Se ha solicitado una investigación oficial en una carta en la que varios de sus firmantes alertaron a los medios de los riesgos de seguir persiguiendo a Arday. Un caso sobre una persona negra y autista había recibido ene veces más cobertura que casos similares que han afectado a personas más relevantes e influyentes. Se me ocurren un par.

Por más que he leído sobre el tema, no tengo ni idea de cuánto de lo que contaba Arday era cierto, pero en la sociedad del ‘fake it until you make it’ y de los CEOs de su casa en LinkedIn, está claro que unos tienen más vigilancia que otros.

Tyler Austin Harper ha expuesto, en The Atlantic cómo la historia de Arday puede combinar el acoso racista con un nombramiento por motivos de diversidad en Cambridge, una universidad donde apenas hay profesores negros. “Ser una persona negra en instituciones de élite, y particularmente en el ámbito académico de élite, implica que los estándares sean a la vez demasiado bajos y demasiado altos: demasiado bajos porque solo una persona negra con las dudosas credenciales de Arday y una biografía aparentemente inventada podría haber llegado a la cima del mundo académico y editorial; y demasiado altos porque solo una persona negra podría haber sido arrojada de esa cima con un entusiasmo tan abiertamente racista, cuya caída fue documentada, analizada y aplaudida con tanta crueldad”.

Pese a todas sus incógnitas, esta historia me hizo volver a pensar en lo que escribí recientemente en Zenda: la dificultad creciente de vivir dentro de un personaje no del todo real que uno mismo ha construido.

Y en una palabra bastante aburrida que quizá se esté convirtiendo en uno de los valores esenciales de nuestro tiempo.

Coherencia.

A veces digo medio en broma que uno de los motivos por los que yo podría funcionar razonablemente bien en una campaña electoral (no necesariamente en política) es que existe poca distancia entre la persona que soy y la persona que digo ser.

No significa que sea particularmente virtuoso. Ni perfecto. He hecho cosas estúpidas, me he equivocado muchas veces y seguro que alguien que me conozca bien podría confeccionar una lista bastante larga de mis defectos. Pero creo que no tengo ningún pecado a los hombros que no conozcan mi mujer o mis hijos. Y cuando fui más cretino aún no había redes sociales.

Tampoco soy más imbécil en privado que en público, o no de una forma radical. Cuando hablo con mis amigos soy bastante similar a la persona a la que conocen los stakeholders con los que trato. Hago los mismos chistes idiotas y trato a la gente de la misma manera, siempre con el imperativo categórico por delante. No tengo que fingir que nunca me han hecho bullying o que siempre he tenido éxito. Mis fracasos, grandes o pequeños, están para quienes quieran leerlos en mi LinkedIn. He sido, además, lo bastante mindundi como para no tener que haber tomado nunca decisiones que puedan perjudicarme sobre nada. En 20 años ejerciendo el periodismo mi único paso por los tribunales fue un acto de conciliación al que no se presentaron quienes se inventaron la movida.

Todo esto me evita tener que sostener una biografía paralela.

No necesito recordar delante de quién dije una cosa y delante de quién dije la contraria. No tengo una moral privada diseñada para convivir con una moral pública completamente diferente. Como soy un hombre heterosexual con pelo y de casi 190 cm, no he estado en ningún armario y no me han discriminado nunca por ser quien soy. Una vez me confundieron con holandés. Como soy más neurotípico que el Bar Paco, no he tenido nunca un meltdown comprometedor ni ideaciones jodidas. Arday, que probablemente era mucho mejor que yo en casi todo, tenía una situación de partida bastante peor.

El privilegio que llevo conmigo es una ventaja competitiva que no puedo negar, pero la coherencia que me ha permitido desarrollar como una capa adicional empieza a parecer un superpoder.

Pensaba en todo esto viendo hace unos días a Abdul El-Sayed, el candidato demócrata al Senado por Michigan.

CAIR-MI critical of Trump's Truth Social post targeting Dr. Abdul El-Sayed  | WTVB | 1590 AM · 95.5 FM | The Voice of Branch County

Donald Trump publicó en Truth Social dos fotografías. En una aparecían él y Melania. En la otra, El-Sayed y su esposa, la psiquiatra Sarah Jukaku, musulmana como él y con hiyab. El mensaje decía “Dos Americas MUY DISTINTAS”.

El-Sayed, a quien el hiyab de su mujer y su condición de musulmán le convierten en un candidato improbable para la Casa Blanca, decidió aceptar la comparación y le dio la vuelta. En una entrevista con Tapper, en CNN, vino a responder que, efectivamente, representan dos Américas muy diferentes. Su fotografía, en la que le vemos a él y a su mujer comiendo tortitas, es la de dos personas que se quieren, que disfrutan estando juntas y que quieren construir un país en el que sus hijas tengan una buena vida.

El-Sayed y Jukaku se conocieron en la Universidad de Michigan, llevan juntos dos décadas y tienen dos hijas. Él ha sido médico, epidemiólogo y responsable de salud pública; ella es psiquiatra. En muchas ocasiones, él ha defendido el matrimonio como fuente de estabilidad vital, algo que comparto.

Por supuesto, desconocemos la intimidad de cualquier matrimonio. Yo no sé qué ocurre cuando se cierra la puerta de la casa de los El-Sayed.

Y ahí está el único riesgo, porque cuando conviertes tu felicidad matrimonial en un elemento fundamental de tu identidad pública, más te vale que exista una correspondencia razonable con tu vida real.

Si dices continuamente cuánto quieres a tu mujer y luego apareces acostándote con media ciudad, tendrás un problema que va mucho más allá de la infidelidad. Has destruido el mecanismo con el que previamente construías confianza.

No hay que ser buena persona para ser coherente

Donald Trump es un caso fascinante porque demuestra que coherencia y moralidad pueden circular por caminos muy distintos. Durante su primer mandato, el Washington Post contabilizó 30.573 afirmaciones falsas o engañosas pronunciadas por Trump. Son unas 21 al día durante cuatro años. La frecuencia fue aumentando: aproximadamente seis diarias durante su primer año, 16 durante el segundo, 22 durante el tercero y 39 cada día durante el último. Treinta mil quinientas setenta y tres.

Trump ha construido durante décadas un personaje basado en la exageración, la fanfarronería, la agresividad, la hipérbole y una relación extraordinariamente flexible con los hechos. Su comportamiento privado conocido tampoco contradice demasiado esa imagen pública. Un jurado civil determinó en 2023 que era responsable de haber abusado sexualmente de E. Jean Carroll y de difamarla posteriormente. El veredicto de abuso sexual fue posteriormente confirmado en apelación.

Y, paradójicamente, todo eso plantea menos problemas de coherencia que los que sufriría un político que hubiera construido su carrera sobre la fidelidad matrimonial, la modestia y la rectitud moral. Cuando todo vale, tienes muchos grados de libertad, mientras que cuando dices que tienes principios, empiezas a ponerte restricciones tú mismo. Sé dónde quiero estar, pero también dejar claro que la coherencia no depende de ningún constructo moral, mío o ajeno.

El chalet de Pablo Iglesias

El episodio del chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero sigue pareciéndome un buen ejemplo, que he repetido en numerosas ocasiones. Soy de la opinión de que comprar una casa cara con dinero obtenido legalmente no tiene absolutamente nada de malo. Tener dinero tampoco. Disfrutarlo y compartirlo, menos aún.

El problema aparece cuando previamente has incorporado determinada conducta a tu explicación moral del mundo.

Iglesias y Montero compraron en 2018 una casa en Galapagar por algo más de 600.000 euros. La operación provocó una crisis política precisamente porque Iglesias había utilizado durante años la vivienda, los barrios, el dinero y los hábitos de las élites como símbolos de “la casta” contra la que se levantaba Podemos. La pareja terminó sometiendo incluso su continuidad al frente del partido a una consulta entre sus militantes.

Iglesias no se dio cuenta de que había quedado atrapado por las obligaciones de un relato previo por el cual comprar una casa de 600.000 euros implicaba ser “casta”.

Cambiar de opinión es perfectamente coherente

Aquí aparece una distinción que me parece fundamental, y es que ser coherente no implica quedarse congelado en el tiempo.

Sería absurdo exigirle a una persona de cincuenta años que piense exactamente igual que cuando tenía veinte. De hecho, me preocuparía bastante alguien que después de treinta años leyendo, trabajando, equivocándose, teniendo hijos, viajando y conociendo gente no hubiera cambiado de opinión sobre prácticamente nada.

El otro día, con mi amigo Enrique, comentábamos cómo, después de más de 30 años de amistad, estábamos infinitamente más cerca el uno del otro sobre nuestra visión del mundo que cuando nos conocimos.

Claro que podemos reinventarnos y evolucionar y mantener la coherencia. Incluso podemos abandonar posiciones que defendimos con enorme convicción. Sólo exige una herramienta: la transparencia y la rendición de cuentas. Explicar el cambio.

Durante mucho tiempo Pepephone construyó una cultura empresarial peculiar alrededor de esa idea. Cuando tenía que modificar algo importante, Pedro Serrahima escribía a sus clientes y explicaba qué había ocurrido. Uno de los casos más interesantes fue el cambio de red provocado por la llegada del 4G. Pepephone llevaba años funcionando sobre Vodafone y valoraba positivamente su servicio. Cuando Vodafone no le ofreció unas condiciones que permitieran trasladar 4G a sus clientes, la compañía buscó otra red. El cambio obligaba a sustituir cientos de miles de tarjetas SIM y podía empeorar la cobertura para algunos usuarios. Serrahima explicaba públicamente por qué asumían ese coste. Quedarse como estaban significaba condenar a los clientes de Pepephone a no tener 4G. Explicó el precontrato con Yoigo y, después, explicó por qué lo rompió para firmar con Movistar.

Eso es coherencia.

Has ido cambiando de decisión porque han cambiado las circunstancias. Puedes señalar qué parte de tu razonamiento permanece estable y qué nueva información te ha obligado a modificar la conclusión.

Con la inteligencia artificial esto ocurrirá continuamente. Alguien que hace tres años fuera casi ludita puede aprender sobre la tecnología y modificar su posición. Alguien que abrazó acríticamente la IA generativa puede descubrir después sus costes energéticos, económicos o sociales y volverse mucho más escéptico. Yo soy el primero que se mueve en esa contradicción.

Cambiar es de las cosas más humanas que hay. Durante años, siempre había alguien que te decía que no se fiaba de alguien que no bebiese con él. Nunca estuve de acuerdo, aunque cogí la costumbre de acompañar siempre con alcohol a mi interlocutor. No es la más sana de las costumbres, pero vengo de otra época. Hoy apenas bebo, pero sigo cayendo en lo mismo cuando lo hago con gente mucho más mayor que yo.

En cambio, lo que sí me genera mucha desconfianza es la gente que intenta demostrar que siempre pensó lo que piensa hoy.

También me puede ocurrir a mí

Llevo ya tres años criticando el sistema concesional español de transporte de viajeros por carretera de larga distancia. Creo que su funcionamiento actual perjudica la competencia, dificulta la entrada de nuevos operadores y ha terminado creando situaciones difícilmente justificables.

Sin embargo, nunca he dicho que sean intrínsecamente malas. Para ciertas cosas, tienen su uso.

En todo caso, mi crítica habitual se dirige a las reglas actuales, a cómo se aplican y a los incentivos perversos que generan. Si mañana España tuviera un sistema legal que cumpliese la normativa europea sobre cabotaje; en el que no hubiese lo que para mí son claramente ayudas de Estado ilegales; en el que las concesiones se licitaran regularmente en lugar de acumular casi 500 años de caducidad acumulada, tuviésemos auténtica competencia, desaparecieran las enormes ventajas del incumbente y los contratos fueran diseñados pensando fundamentalmente en el viajero, no en que se lo lleven crudo siempre los mismos, probablemente cambiaría de opinión.

Mantener una opinión después de que desaparezcan los hechos que la justificaban es una forma bastante estúpida de fidelidad a uno mismo.

La coherencia exige conservar el hilo que une nuestras decisiones, no repetir eternamente las mismas decisiones en contextos diferentes.

El problema de mentir en 2026

Todo esto tiene además una dimensión tecnológica, y es que cada año resulta más difícil construir una biografía falsa.

Todo el mundo lleva una cámara en el bolsillo, tus vuelos dejan trazas, la UCO puede localizar tus WhatsApp y malinterpretarlos, puedes ser viral en cualquier momento por responder mal a Supergeografía.

Una tesis doctoral de hace veinte años puede pasar en unas horas por herramientas capaces de encontrar coincidencias que antes habrían requerido semanas de trabajo y muchísima voluntad.

Durante buena parte de la historia humana mentir tuvo una ventaja tecnológica, porque la memoria era local y el periódico servía para envolver el pescado al día siguiente.

Podías contar una historia en Madrid y otra ligeramente diferente en Barcelona. Podías exagerar un mérito profesional porque comprobarlo requería llamar a una empresa en la que habías trabajado quince años antes. Podías reinventar una etapa de tu vida confiando en que nadie encontraría el periódico local donde aparecía la versión original.

No hay que ser muy listos para darse cuenta de que ese mundo está desapareciendo. Estamos construyendo una memoria colectiva y eso lleva a que mentir se vuelva cada vez más caro y cambiar de opinión de manera razonable tenga siempre mejores estructuras de incentivos.

Creo que esa combinación va a producir una sociedad curiosamente más tolerante ante cambios que siempre se han ido produciendo, a grandes transformaciones en cómo elegimos vivir, a quién queremos parecernos, qué queremos creer o cuáles son nuestras prioridades.

Será más fácil aceptar todo eso con bastante facilidad mientras podamos reconstruir el camino que llevó de la persona que somos a la que vamos a ser. Lo que toleraremos cada vez peor será descubrir que ambas personas existían simultáneamente. Una pedía a los demás determinadas cosas, siquiera mediante el ejemplo, y la otra se concedía a sí misma exactamente las contrarias.

Quizá por eso, creo que la coherencia va a ser uno de los grandes valores del siglo XXI.

No porque nos obligue a ser siempre los mismos sino porque nos permitirá cambiar sin dejar de ser reconocibles.

De cómo, en las empresas, el director de Comunicación y Asuntos Públicos va a ser el albacea de esa transformación y el guardián de la coherencia, hablamos otro día

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