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Respuestas tontas a preguntas idiotas

 

Respuestas tontas a preguntas idiotas

¿Está usted a favor del Bien? ¿Y en contra del Mal? ¿Deberían morir más o menos niños de hambre? Estas son preguntas que jamás encontraremos en una encuesta porque sabemos que son preguntas idiotas y que cualquier respuesta será tonta y no nos dirá nada de interés. Sin embargo, es demasiado frecuente toparse con encuestas que incluyen preguntas sobre temas económicos con un nivel semejante de idiotez. Y aunque podríamos simplemente ignorarlo, no conviene hacerlo: estas preguntas no solo producen ruido, sino que también son peligrosas.

Las malas encuestas se pueden clasificar en dos tipos: aquellas que presentan falsas dicotomías, un menú de opciones que no son excluyentes como si lo fueran, y aquellas que deberían ofrecer opciones y no lo hacen. Me centraré sobre todo en estas últimas, que son las que, como economistas, más deberíamos vigilar.

El primer tipo de encuesta idiota nos ofrece un menú envenenado que invita a elegir entre alternativas que nadie en su sano juicio contrapondría en la vida real. Adam Przeworski lo explicaba hace poco a propósito de la World Value Survey: se pregunta a la gente si prefiere la democracia, un gobierno de expertos, un gobierno del ejército o un líder fuerte sin parlamentos o elecciones. ¿Quién puede comparar seriamente esas opciones? ¿Quién se levanta por la mañana pensando que a lo mejor preferiría que gobernara una Junta Militar? Estas preguntas no revelan preferencias reales, sino el grado de satisfacción con lo que ya tenemos. Y además lo hacen insinuando que cualquier crítica a la democracia encierra, en el fondo, un deseo reprimido de autoritarismo.

Un ejemplo patrio de esta mala praxis lo encontramos en una reciente encuesta hecha en Cataluña que planteaba la disyuntiva entre “vivir bien” y “vivir en democracia”. Claro, formulada así, hasta la persona más demócrata puede acabar respondiendo como si deseara una dictadura amable. La pregunta oculta lo esencial: que no hay tal dilema porque la democracia es un instrumento, por imperfecto que sea, para que el mayor número de gente posible pueda vivir bien. Es curioso además que estas dicotomías nunca ofrezcan el lado menos simpático de una dictadura: nadie preguntará, “¿prefiere vivir en democracia o que le torturen si discrepa del régimen?”. Y no lo harán porque esa pregunta sería tan idiota como “¿Está usted a favor del Mal?”

Con todo, esto no es lo peor que puede hacer una encuesta. Lo realmente dañino y tristemente habitual es que, cuando sí existe un trade-off real entre las opciones, la encuesta lo esconda. Todas las decisiones públicas requieren elegir entre beneficios y costes. Bajar impuestos tiene un precio. Reducir la inmigración, también. Aun así, demasiadas encuestas sobre estos temas formulan las preguntas como si estos costes no existieran. Se nos pregunta qué mundo queremos, pero sin advertir que nada es gratis.

Empecemos con los impuestos. Preguntar “¿Quiere usted pagar menos impuestos?” sin mencionar qué servicios públicos se acepta recortar sigue siendo demasiado común. Este tipo de preguntas impone de forma implícita un marco en el que la única discusión posible es cómo bajarlos. Y en ese marco, claro que la gente pide menos impuestos. Pero la pregunta real es otra: “¿quiere usted menos impuestos y menos gasto público? ¿menos impuestos y menos estado del bienestar?”. Por eso, cuando las encuestas están mínimamente bien hechas (¡incluso las del CIS!) incluyen referencias a los servicios públicos o a la inversión. La ciudadanía es capaz de entender los trade-offs fiscales; lo que no deberían hacer las encuestas es ocultárselos.

Tomemos un ejemplo reciente en el Reino Unido: la propuesta de imponer un recargo del 6% a las tasas que pagan los universitarios extranjeros. Una encuesta de YouGov muestra que la mayoría de los británicos apoya la medida. Natural: se pregunta por un impuesto virtuoso aplicado a víctimas propiciatorias, a un grupo difuso y convenientemente sin derecho al voto, y por tanto sin aparente coste alguno. Lo que no se dice es que esta medida, en realidad, equivale a gravar una de las mayores exportaciones del país: la educación. Planteada así, la cosa cambia. Ningún país sensato grava sus exportaciones, porque es caro y porque es, sencillamente, una mala idea. Pero si a la gente se le pregunta por un mundo fantástico donde todo son beneficios, económicos y emocionales, la respuesta es obvia. Lo preocupante es que luego alguien pretenda usarla para justificar sus política.

Las encuestas sobre inmigración funcionan igual que las encuestas sobre impuestos. Si omites el coste de reducirla, tu pregunta impone un marco donde la inmigración solo puede ser un problema y, por tanto, solo puede tener una solución. Si preguntas “¿hay demasiada inmigración?” sin explicar que reducirla implica menos personal sanitario, menos trabajadores en sectores críticos, menor crecimiento y menos ingresos públicos, ya estás condicionando la respuesta. La pregunta real a hacer sería: “¿Cuánto peor está usted dispuesto a vivir para reducir la inmigración?”. Pero esa, de momento, no aparecerá en ningún titular.

Cuando se pregunta de forma mínimamente honesta, por ejemplo, mencionando ocupaciones específicas, los resultados cambian radicalmente. Si se plantea “¿deberíamos permitir más inmigración para cubrir vacantes, sostener la economía o mejorar el sistema de salud?”, el apoyo a la inmigración se dispara. Cuando alguien diga querer que se reduzca la inmigración habría que preguntarle al instante cómo pretende lograrlo: ¿impidiendo contratar a trabajadores extranjeros? ¿asfixiando a sectores enteros? ¿cerrando universidades? ¿aceptando que seremos más pobres, que los precios de la vivienda aumentarán, que desaparecerán contribuyentes netos, que las cuentas públicas empeorarán? Sin clarificar los costes, la discusión pública se convierte en un paseo por la calle de la piruleta.

Cuando discutimos estas cuestiones sin mencionar los trade-offs, la conversación pública se infantiliza. Si preguntamos por mundos imposibles, las respuestas no pueden interpretarse como expresión de preferencias reales. Nadie debería decidir si quiere pagar menos impuestos sin saber qué servicios perderá, ni opinar sobre inmigración sin conocer qué sectores dejarán de funcionar, ni sobre si habría que salir de la Unión Europea sin saber cuánto bienestar estaría dispuesto a sacrificar. Como economistas, podemos elegir no juzgar las preferencias de la gente, pero, sin la información relevante, esas preferencias que supuestamente observamos en las encuestas son inservibles, porque están formuladas en un escenario que no existe. Y unas preferencias reveladas en el vacío informativo solo sirven para descarrilar el debate público y empujarnos al desastre.

Me gustaría cerrar esta entrada dirigiéndome a quienes consideran inapropiado y hasta pernicioso hablar de los beneficios económicos de la inmigración porque deshumaniza a las personas migrantes. Aunque respeto esa opinión, creo que, de nuevo, se trata de una falsa dicotomía. El argumento a favor de la inmigración es abrumador, tanto en lo moral como en lo intelectual (y no son conceptos excluyentes). Presentar argumentos materiales no resta valor a los éticos ni viceversa. Los necesitaremos todos si queremos políticas que mejoren el bienestar de las personas

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