¿Y ahora qué bajo el populismo? (I a VII) José María Lassalle

¿Y ahora qué bajo el populismo? (I)

Vivimos atrapados bajo dinámicas populistas que se están haciendo poco a poco estructurales en el seno de las antiguas democracias liberales. Es cierto que no sufrimos en España un populismo que ocupe el poder y carezca de contrapesos, tal como sucede en países tan afines culturalmente como México o Argentina. Entre otras cosas porque no somos una democracia presidencialista como ellos. Tampoco la atmósfera populista que respiramos es equiparable a la que sufren países europeos donde partidos populistas gobiernan, como pasa en Italia, Holanda o Hungría, o condicionan los gobiernos con sus apoyos, que es lo que soportan en Suecia, Croacia y Eslovaquia. Es más, el principal partido de la oposición en España tampoco es populista, ni lo son muchos de los partidos de ámbito nacional o autonómico. Sin embargo, es indudable también que todos los actores que acabo de mencionar están contaminados en una u otra medida por el populismo, o condicionados por la convivencia con otros que sí lo son y que causan un estrés relacional que desestabiliza la gestión de los asuntos públicos debido a las dinámicas de competencia electoral que facilita el avance de la presión populista sobre quienes no lo son.

El aumento de esta no solo opera sobre los partidos, sino también sobre el conjunto de la sociedad. Esta, al igual que el resto de las sociedades occidentales, se está haciendo populista. Básicamente porque el populismo empieza a ser la medida de legitimidad cotidiana de las iniciativas políticas. Una consecuencia de la erosión del liberalismo como marco mental de referencia a la hora de juzgar los comportamientos de la ética pública que rige nuestra convivencia. Un fenómeno en el que la polarización, la guerra cultural y la falta de empoderamiento crítico con relación al manejo de la tecnología hacen que aumenten la intolerancia, el radicalismo dogmático, la falta de respeto a los demás, la ausencia de educación cívica, la emotividad desenfrenada en el manejo de los argumentos, cuando los hay, o el auge del narcisismo individualista de los derechos sin correspondencia de deberes o responsabilidades hacia los otros.

  Estas y otras manifestaciones de conducta social reflejan la inculturización populista a la que vamos acostumbrándonos. Tanto que cada vez son más los segmentos sociales que consumen comportamientos populistas con gusto. Lo hacen porque es la respuesta natural a los malestares que sufren a diario. Esta circunstancia hace que convivamos con un populismo de baja intensidad que intoxica nuestra democracia y la hace cada vez más inmanejable, porque se debilita la capacidad de articular los consensos que salvaguardan nuestra paz social.

Tan vigente está ya el populismo entre nosotros que se han erosionado los contrapesos liberales y sus reglas de juego. La mayoría o, mejor dicho, el bloque mayoritario de afinidades minoritarias que funcionan bajo la lógica amigo-enemigo, se ha convertido en un principio de legitimidad irresistible. Hasta el punto de que se cree con el derecho de no respetar a la minoría ni admitir como presupuesto ético que el ejercicio del poder que tiene a su favor no se basa en la prioridad estratégica de obstaculizar la lógica de la alternancia. Que es, como defendía Kelsen en Esencia y valor de la democracia, la posibilidad sistémica natural en la que se fundamenta el liberalismo y la que define el sentido del funcionamiento mismo de la democracia.

Con el populismo entre nosotros, se han erosionado los contrapesos liberales y sus reglas de juego

Por ello no debe extrañarnos que el populismo vaya abriéndose espacio en la institucionalidad democrática. Cada vez son más las instituciones que se deslizan, con muy pocas excepciones entre los poderes del Estado también, hacia pronunciamientos que comprometen el principio liberal de interdicción de la arbitrariedad. No solo porque incurren en prácticas típicas de desviación de poder, sino porque el comportamiento de sus miembros o titulares adquieren tics personalistas que confunden lo que hacen en las instituciones con lo que son fuera de ellas. Un fenómeno de apropiación personal de estas que altera el servicio al interés general para el que fueron diseñadas.

En fin, un suma y sigue de dinámicas populistas del que no son ajenos tampoco la mayoría de los medios de comunicación, pues, al tener que competir con las redes sociales a la hora de captar audiencias al precio que sea, olvidan su compromiso liberal con el fomento de una opinión pública informada y plural.

Insisto en que no estamos en España ante un populismo inasumible y asfixiante, sino ante comportamientos populistas que han prendido en la práctica totalidad de nuestros partidos y políticos. Así como de nuestros medios de comunicación, de muchos de los prescriptores de opinión y, por supuesto, de las redes sociales y de la sociedad misma. 

Creo que fui una de las primeras personas que alertaron sobre el fenómeno populista en nuestro país. Todavía estaba en el gobierno de España cuando publiqué Contra el populismo. Fue en el 2017 a través de un diagnóstico temprano de la situación que luego el paso del tiempo ha ido confirmando. Luego, he profundizado en la diagnosis populista y su conexión con la revolución digital a través de varios ensayos sucesivos. En el 2019 con Ciberleviatán. Después­, con El liberalismo herido en el 2021 y, ahora, recientemente, con Ci­vilización artificial en el 2024. Sin embargo, creo que sobran ya los diagnósticos sobre el populismo. Lo que toca es pensar cómo neutralizarlo o cómo convivir con él si ya no hay vuelta atrás. O mejor aún, cómo, quizá, reconducirlo hacia su transfor­mación virtuosa. A ello me dedicaré en las próximas entregas de este Ruedo Ibérico. 

https://www.lavanguardia.com/opinion/20241026/10050872/que-populismo-i.html

¿Y ahora qué, bajo el populismo? (II)

La victoria de Donald Trump el 5 de noviembre confirma lo que se anticipaba en estas páginas una semana antes de que se produjera en las urnas. Entonces escribía una tribuna titulada: “¿Y ahora qué, bajo el populismo?” (26/X/2024). Una cuestión a la que hoy seguimos atados con mayor razón, tal y como se aprecia en el encabezado, y a la que trataré de ir dando respuesta en tribunas sucesivas.

Nos adentramos en una época política que pretende resetear la anterior. Un tiempo que nos emplaza a saber a qué atenernos bajo la vigencia estructural del populismo. Eso significa que hay que asumir que es inevitable si queremos operar en su presencia y sometidos a su presión cotidiana. Al menos si no queremos ser víctimas directas de él, pues indirectas lo seremos todos. No olvidemos que viene de las profundidades de la democracia para habitar entre nosotros de forma permanente.

No incurriré en la actitud quejosa de ser una más entre las numerosas voces que se lamentan del triunfo populista. Vengo denunciando el fenómeno hace años y señalando que no es circunstancial, ni solo atribuible a episodios de crispación o difusión de una antipolítica más o menos organizada. En el 2017 escribí Contra el populismo (Debate) y señalaba que nos asomábamos a un cambio radical de la política democrática. Algo que no podía relativizarse porque afectaba al sentido y propósito de las mayorías democráticas.

La propagación generalizada del populismo exige que trascendamos el diagnóstico crítico que hacemos sobre él. Su consolidación tras la victoria de Trump conlleva un clic de no retorno que, además, bombeará su toxicidad intensamente desde el corazón democrático al conjunto de Occidente. Algo que nos instala en una época que requiere estrategias realistas. Primero, para moderarlo. Después, para reconducirlo.

Esta circunstancia nos obliga a que adoptemos una actitud distinta hacia él. La indignación ética y el desprecio intelectual no sirven de nada. Es más, caracterizarlo como monstruoso o demonizarlo es el peor de los recursos, pues son indicadores de éxito ante sus adeptos. Pensemos que lo impulsa una poderosa alianza contra el liberalismo y sus valores. Tanto que luchar contra ellos constituye la razón de ser del populismo y el motivo que lo legitima ante sus seguidores, que disfrutan viendo como es escarnecido. Es importante tenerlo en cuenta porque el populismo pretende salvar a la democracia del liberalismo para declinarse sin adjetivos. Para ello necesita activar una poderosa energía antipolítica que le ayude a demoler las instituciones que moderan la democracia desde el liberalismo. Lo hace porque las considera caducas e ineficientes. Este es el motivo que le lleva a desbaratar el consenso liberal de una justicia que balancea formalmente la libertad y la igualdad, y materialmente el capital y el trabajo. Por eso, su estrategia pasa por radicalizar la mayoría y enfatizar su poder de cambio al confiar en la capacidad catártica que encierra la legitimidad del mayor número.

Hemos de analizar críticamente dónde falla hoy la autoridad del liberalismo y por qué

Así las cosas, la moderación del populismo no admite planteamientos simplistas. Requiere estrategias híbridas y una gobernanza compleja. Al menos si queremos aprovechar la poderosa energía popular que late en su seno para reconducirla después hacia una refundación de la democracia. Para conseguirlo es prioritario incidir en lo inmediato: impedir que amplíe su poder de forma avasallante al adoptar ropajes algorítmicos que lo propulsen sin límites porque, como veremos en otra entrega, es favorecido por la digitalización masiva de nuestras vidas; el impacto que tiene en ellas la inteligencia artificial (IA); así como las dinámicas de cambio social, cultural y económico que provocan.

Al populismo no se le modera buscando el impacto inmediato de reducir el número de votos que lo secundan ni derrotándolo. El triunfo de Trump demuestra que opera en el alma tecnológica de la gente. Adopta una versión 5.0 que pretende transformar la democracia en una deep fake de sí misma. Algo que solo podrá hacer si antes adquiere el estatus de un Ciberleviatán y cuaja en su seno el complejo industrial-tecnológico que se insinúa en el tándem Trump-Musk. Un fenómeno de colonización privada de la política que la somete a los intereses corporativos del capitalismo cognitivo que nace de los algoritmos. ¿Qué hacer entonces para desplegar una estrategia de moderación que aplaque la furia de una mayoría que quiere ser irresistible y absoluta? Primero, siguiendo a Hannah Arendt, no verla monstruosa, sino pensarla como un producto banalizado de la antipolítica que desarrolla la democracia si se radicaliza. Hay que comprender que es un acto colectivo de venganza que protagoniza una mayoría silenciosa de humillados y ofendidos por el intelectualismo moralizante del liberalismo. De ahí que, segundo, tengamos que analizar críticamente dónde falla hoy la autoridad del liberalismo y por qué. Sobre todo, cuando trata de corregir el poder de la mayoría.

Recordemos que los populistas son demócratas radicales. Les estorba la desconfianza liberal ante una democracia sin adjetivos. Creen que las reglas liberales son responsables de hacer fallida la democracia y quieren que esta imponga el orden de la mayoría, aunque sea minoritaria. Para conseguirlo, desean que los liderazgos en los que se apoya se perpetúen al combatir lo que la debilita: la posibilidad de revertirla y favorecer la alternancia mediante la acción crítica de quienes disienten de ella. Entender esto es fundamental para moderar el populismo, pues muchas veces la indignación que provoca olvida que es un producto visceralmente democrático. Eso supone no verlo como la esencia del problema, sino como el principio de la solución al mismo.

¿Y ahora qué, bajo el populismo? (III)

 

 El nuevo año estará presidido desde su comienzo bajo la hegemonía populista. La toma de posesión de Donald Trump supondrá su consagración planetaria y la exigencia de cómo afrontar una estrategia que lo modere y reconduzca. Para ello hay que entender cómo neutralizar su capacidad de propagación y difusión, que, en su caso, tiene en las redes sociales una poderosa herramienta a través de la desinformación que circula por ellas. Tanto que no puede hablarse de populismo en el siglo XXI sin redes sociales. Sobre todo porque actúan como los soportes y canales socializadores que facilitan su aparición, consolidación y expansión. 

https://www.lavanguardia.com/opinion/20250104/10255546/que-populismo-iii.html

¿Y ahora qué bajo el populismo? (VI)

Retomamos el análisis sobre qué hacer bajo el populismo. En artículos anteriores hemos abordado las causas del fenómeno y varias iniciativas que podrían reconducirlo. Ofreceremos una salida más o menos coherente y viable al populismo. Primero, con el fin de moderarlo. Y después, con el propósito de revertir su toxicidad y reconstruir la democracia bajo coordenadas de legitimidad fundadas en la noción de auctoritas. Las dos primeras cosas pasan por neutralizar la polarización, que es el dispositivo que necesita el populismo para desarrollarse y expandirse irresistiblemente.

El padre intelectual de ella fue Carl Schmitt (1888-1995), que diseñó la transición legal que llevó de la República de Weimar a la dictadura nazi. Algo que perpetró mediante una impugnación epistemológica de la política de consensos de la democracia liberal. Fue uno de los pensadores políticos más brillantes y tóxicos del siglo XX. Alguien imprescindible hoy en día y que, curiosamente, pensó cómo levantar una dictadura a partir de las contradicciones culturales plasmadas en la España del siglo XIX. Por eso, hizo su tesis doctoral 

Si queremos entender la esencia polarizada del fenómeno populista hay que partir de Schmitt e impugnarlo de raíz. Él creía que el liberalismo escondía debajo de la racionalización de los consensos la pulsión telúrica del conflicto amigo-enemigo. Por eso, creía que había que ir a lo original y potenciar la esencia de lo político a través de la confrontación guerra civilista. Solo así se lograba que la política mostrara su verdadero rostro y forzase lo único capaz de trascenderlo y neutralizarlo: la decisión cesarista que impone su voluntad sobre los contrarios.

Schmitt negaba los consensos. Pensaba que la política moderna solo podía nacer de que unos ganaran y se impusieran sin contemplaciones a los vencidos. Los consensos eran una ficción que provisionalmente paralizaba la competencia agresiva que debía polarizar la política para que surgieran los liderazgos por aclamación pacificadora. La única paz posible era la que imponía la victoria y siempre era provisional. Había que cuidarla reprimiendo al vencido para que no se levantara.

A la polarización solo puede oponérsele el perdón y la reconciliación, como ocurrió en la transición

La diferencia que introdujo la Revolución Francesa fue convertir la democracia en una cancha donde los partidos pugnaban como huestes electorales de forofos que agitaban las banderas de las ideologías. Unas ideologías hoy desactualizadas como la modernidad que las inspiraron, incapaz de interpretar el siglo XXI. Por eso movilizan menos, pero radicalizan más a sus seguidores ya que no pueden dar interpretaciones sobre el mundo, sino dogmas para consumo de los convencidos.

Eso lleva a la efervescencia de la polarización. Está nutrida de una parcialidad agónica que hace que las partes se entiendan cada vez menos al simplificar más sus ideas. Estas ya no se argumentan, se gritan. Se arrojan como objetos mientras crecen los malestares de los que unos culpan a otros porque no se analizan desde la complejidad de hoy. Se viven desde el pasado que nutrió las ideologías y eso los transforma en espectros o cáscaras vacías.

Recordemos que la Revolución Francesa hizo que los conflictos modernos fuesen de ciudadanía. Pivotaban alrededor de la propiedad de las cosas y la renta derivada del trabajo. Así como en torno al grado y forma de intervención regulatoria del Estado para resolverlos. Para lo cual se ensayaban equilibrios de justicia distributiva que se discutían racionalmente mediante lógicas deliberativas y democráticas.

Hoy, estos conflictos están cancelados en su esencia material. El capitalismo cognitivo y la digitalización masiva de nuestras sociedades resetean las claves modernas y nos ponen ante conflictos que no son de ciudadanía, sino personales. Afectan a la naturaleza ontológica del ser humano y a la gestión de sus capacidades cognitivas porque se instrumentan a través de datos, plataformas, algoritmos, máquinas y redes sociales. Entender esto es fundamental para romper la energía contradictoria de la polarización.

En una sociedad automatizada, los problemas y malestares que vive la gente no son explicables solo dentro del marco dialéctico del capitalismo industrial de nuestros abuelos o del capitalismo posindustrial de nuestros padres. Tampoco son operativas las soluciones basadas en políticas que vienen de ese pasado. Y menos aún, las ideologías que las inspiran, incapaces de entender que la esencia de los conflictos sobre el poder está en el derecho a poder elegir la verdad o el bien, soportes de la persona, antes que de la ciudadanía.

Por eso, las ideologías se transforman en actos de fe que dogmatizan y llevan a la polarización de los sentimientos que brotan de la impotencia y el miedo de ver que no hay más salida que culpar al de enfrente, mientras la realidad se hace más y más inexplicable bajo la automatización y el poder técnico.

¿Cómo puede romperse este círculo vicioso de odio recíproco que busca ganar el poder por el poder? Impugnando la contradicción de las ideologías. La dialéctica derecha e izquierda es simplista ante la Técnica y su poder. Es insuficiente al desembocar en una polarización que objetualiza y brutaliza al otro. De ahí que el populismo ya no sea totalitario y despótico, sino cruel e inhumano. Exige obediencia a partir de la fuerza desnuda del mayor número, pero no destruir a la minoría ni absorberla en un todo.

Por eso, a la polarización solo puede oponérsele el perdón y la reconciliación que acompañan momentos fundacionales como la transición española. Momentos que unen y constatan la fuerza original de lo que nace para sorpresa de todos. Que abrazan y suman. Momentos que dejan impronta de auctoritas y no de potestas. Veremos en la próxima entrega por qué.

José María Lassalle

¿Y ahora qué, bajo el populismo? (IV)

El populismo avanza hacia su consumación política. En la cuarta entrega de esta serie quiero reflexionar sobre qué oponer desde la política para que no se produzca su éxtasis. Algo que cada día es más difícil de evitar. Sobre todo, desde la llegada de Trump al poder. La escena vivida la semana pasada en el despacho oval de la Casa Blanca es un indicador de que el populismo progresa con firmeza hacia la consagración de un nuevo evangelio democrático que se jacta de estar enterrando un liberalismo herido de muerte

José María Lassalle

¿Y ahora qué bajo el populismo? (V)

 

El populismo necesita la polarización política y social para existir. Sin ella se extinguiría. La razón es clara: nutre el conflicto y la división que este produce. No olvidemos que el populismo es un ecosistema complejo, que agrupa una serie de ideas y fenómenos que guardan entre sí diversas relaciones de interacción y causalidad. Se organiza a partir de un núcleo narrativo que suma liderazgo, emociones, mentiras, malestares, simpleza, exceso y brutalidad. Un cóctel tóxico que desgarra la sociedad y que se fundamenta en una rebelión de las masas digitales que opera y se canaliza mediante numerosos cauces de interacción, siendo el principal las redes sociales.

El desenlace que trae consigo el fenómeno de sumar todo este material políticamente tóxico que acompaña al populismo es la polarización. De hecho, es la consecuencia buscada por los populistas, porque rompe la unidad y justifica la necesidad de solucionar por la vía de los hechos el problema de la división y la erosión de las instituciones que se basan en un consenso que deviene imposible.

 

Por tanto, la polarización es un efecto deseado y planificado por los populistas. Entre otras cosas, porque da soporte estructural a sus estrategias de demolición del liberalismo, así como a las reglas que este trazó institucionalmente para controlar el poder que libera la democracia al fundarse en el principio de mayoría.

Puede afirmarse, por tanto, que la polarización es la clave de bóveda del populismo. De hecho, es lo que sustenta y da sentido a su arquitectura cotidiana. Si la deliberación entre contrarios resulta imposible, entonces, es inviable la democracia liberal, porque se cuestiona de base la razón comunicativa que nutre la negociación que hace posible los consensos. 

Por eso, la polarización ensaya constantemente una guerra civil incruenta. Quiere que las trincheras vociferantes sustituyan las mesas de diálogo que imponen la conversación y la convicción de que el mayor número a veces está equivocado. Quiere que las emociones prevalezcan sobre las razones como soporte de las decisiones políticas. Si el conflicto no tiene solución, entonces no se necesita argumentar porque se decide impulsado por la urgencia de hacerlo.

Para superar la polarización, la política ha de nutrirse de argumentos y razones

Por eso, el populismo cree que hay que anular de manera eficiente la resistencia del contrario. No utiliza la estrategia fascista de recurrir a la violencia, pero sí explota al máximo la fuerza irresistible que encierra en nuestros días el principio utilitario de gobernar a través del mayor número. Para lo cual, desacreditar el valor de los consensos que necesitan su tiempo es esencial. Sobre todo, en un mundo digitalizado que funciona al instante y que requiere una dinámica expeditiva de ceros y unos, que resuelva sin dilación cognitiva las urgencias que plantea una economía de la decisión acorde con el diseño de capitalismo de plataformas.

El auge de la polarización va de la mano de una economía de la atención que contagia a la política con la lógica automatizada de las plataformas. Hasta el punto de que la democracia se hace víctima de un automatismo de mayorías sin deliberación que explica la idoneidad de vivir arrastrados por una democracia polarizada de ceros y unos. 

De este modo, la política puede acelerar sus ritmos decisorios y acomodarlos con las exigencias de instantaneidad que plantea la digitalización. Se hace automática, pues un voto más que el contrario da razones sin convencer. Por tanto, la democracia polarizada acaba siendo, por la vía de los hechos, más eficiente dentro del capitalismo plataformizado que vivimos y legitimando pragmáticamente una forma de poder que se viste como una potestas irresistible basada en ceros y unos que hay que obedecer sin más.

A la vista de la importancia que tiene la polarización para el populismo es necesario desarrollar una estrategia que interrumpa la causalidad que hemos visto que existe entre ambos. De ahí la importancia de canalizar nuestros esfuerzos intelectuales en hacerlo colapsar sistémicamente a través de la impugnación de la polarización. Si se lograse este objetivo, el populismo tendería casi de forma natural hacia la moderación. Básicamente porque se rompería el espinazo intelectual de las tesis de Carl Schmitt sobre la dialéctica amigo-enemigo y cómo esta se ha hecho hegemónica como fuente de legitimidad de una democracia radical, que es lo que persigue el populismo.

¿Cómo hacerlo? Apuntaré de forma esquemática lo que pretendo analizar en próximas entregas. Para ello me propongo oponer a Schmitt las ideas de Hannah Arendt. Primero, las contenidas en su Diario filosófico cuando invoca romper con la dinámica del conflicto mediante el perdón y la reconciliación. Segundo, las que dedica a recobrar la confianza en la libertad política en su ensayo Vita activa, pues, como dice en este ensayo, perdonar, compadecerse y reconciliarse “no revocan nada, sino que continúan la acción iniciada, si bien en una dirección que no se daba en ella”. Y sigue: la “experiencia de actuar y la de perdonar es una misma cosa”.

Para abordar este reto que pretende restaurar la unidad frente a la división para superar la polarización, la política ha de nutrirse de lo que aquella más niega: argumentos y razones. Algo que exige en quien los esgrima credibilidad ejemplar. Los romanos resumían esta dualidad en la auctoritas . Un concepto casi olvidado pero que frente a la obediencia ciega al poder opone la idea consciente del respeto. Una diferencia cualitativa esencial, pues obediencia puede exigirla cualquiera, pero el respeto, solo unos pocos son capaces de provocarlo y, con él, restañar las heridas de la división, facilitando la reconciliación dentro de una democracia con auctoritas. Una democracia de personas, por concluir como lo haremos con María Zambrano, y no de ceros y unos.


¿Y ahora qué bajo el populismo? (VI)

 
Retomamos el análisis sobre qué hacer bajo el populismo. En artículos anteriores hemos abordado las causas del fenómeno y varias iniciativas que podrían reconducirlo. Ofreceremos una salida más o menos coherente y viable al populismo. Primero, con el fin de moderarlo. Y después, con el propósito de revertir su toxicidad y reconstruir la democracia bajo coordenadas de legitimidad fundadas en la noción de auctoritas. Las dos primeras cosas pasan por neutralizar la polarización, que es el dispositivo que necesita el populismo para desarrollarse y expandirse irresistiblemente.
 
 El padre intelectual de ella fue Carl Schmitt (1888-1995), que diseñó la transición legal que llevó de la República de Weimar a la dictadura nazi. Algo que perpetró mediante una impugnación epistemológica de la política de consensos de la democracia liberal. Fue uno de los pensadores políticos más brillantes y tóxicos del siglo XX
 
  • https://www.lavanguardia.com/opinion/20250621/10811741/que-populismo-vi.html 
 ¿Y ahora qué bajo el populismo? (VII)
 
 Sin polarización no habría populismo y viceversa. Son uña y carne. Se necesitan para existir y se interrelacionan y complementan como un todo. Sin polarización el populismo no lograría propagarse socialmente al perder el motor que favorece su toxicidad. Nace, como hemos visto, de la mano de Carl Schmitt, de entender que lo político se define siempre desde la relación amigo-enemigo y que la política es, por ello, un conflicto permanente e irresoluble que divide la comunidad. El desenlace es una especie de guerra civil, sin derramamiento de sangre, que rompe la sociedad por mitades.
 

El populismo vive de cavar trincheras que convierten la política en campos de batalla cultural. Así movilizan malestares que se organizan como fuerzas de combate contra la alteridad elegida como enemiga y frente a la que se necesita vivir en permanente tensión para cerrar filas entre los afines y construir narrativas cada vez más dogmáticas. Los malestares son excusas que ayudan a culpabilizar de ellos a los enemigos y justificar por qué se combate a estos con tanto ahínco y por qué se desatiende todo lo demás.

Convertida la política en una guerra perpetua, la democracia se hace populista también. Da o quita razones con el argumento de tener un solo voto de más para decidir. Para conseguirlo vale todo, pues atribuye el derecho a la arbitrariedad democrática en la que desemboca la legitimidad si la definimos como un poder absoluto para ser obedecido al tener el mayor número detrás
 

El populismo vive de cavar trincheras que convierten la política en campos de batalla cultural. Así movilizan malestares que se organizan como fuerzas de combate contra la alteridad elegida como enemiga y frente a la que se necesita vivir en permanente tensión para cerrar filas entre los afines y construir narrativas cada vez más dogmáticas. Los malestares son excusas que ayudan a culpabilizar de ellos a los enemigos y justificar por qué se combate a estos con tanto ahínco y por qué se desatiende todo lo demás.

Convertida la política en una guerra perpetua, la democracia se hace populista también. Da o quita razones con el argumento de tener un solo voto de más para decidir. Para conseguirlo vale todo, pues atribuye el derecho a la arbitrariedad democrática en la que desemboca la legitimidad si la definimos como un poder absoluto para ser obedecido al tener el mayor número detrás. De ahí que la democracia populista sea en la práctica una democracia gubernativa que desprecia la democracia parlamentaria porque esta se basa en reglamentar la mayoría sometiéndola a límites formales que protegen a la minoría para que pueda trabajar la alternancia.

Por eso es fundamental combatir el populismo desactivando la polarización. Si se debilita esta, se perjudica al populismo y se procede a su paulatina moderación. Algo que debe ser una prioridad para los partidos que no son por principio populistas, pues el populismo polariza para generar un automatismo determinista en los mensajes que acaba haciéndolos totalitarios al ser guiados estructuralmente por el odio hacia el contrario. Un proceso contaminante que no se detiene en la simplificación de la respuesta a la complejidad de los problemas, pues se basa en el odio, como decíamos, y se proyecta inmisericorde sobre el culpable de aquellos, y que solo puede ser aquel que el populismo considera su enemigo. Odio que, además, no se detiene, sino que escala sin remedio y legitima todo cuanto hacen y dicen los populistas, pues, al basar sus acciones en la dicotomía amigo-enemigo, el populista necesita odiar al enemigo para vivir enfrentado a él agónicamente.

Superar la polarización solo es posible, si somos demócratas de verdad, mediante la reconciliación

Para combatir la polarización hay que rechazarla y, sobre todo, no practicarla. A la polarización no se le puede responder polarizando. Como tampoco se puede dar respuesta al odio odiando. El “tú más” no sirve. Ahonda la profundidad de las trincheras que rompen la comunidad para instalarnos en el choque tribal entre amigos y enemigos. Por eso, hay que rechazar la polarización desde una actitud que no la alimente. Algo que solo puede hacerse desde la convicción teórica y emocional que busca la reconciliación entre iguales. No desde la actitud desdeñosa del reproche intelectual que afea la culpa de los que odian. Eso exige creérselo, defenderlo y practicarlo sin miedos ni cálculos. Hay que tratar de convencer a la gente de que dividir la sociedad odiando al otro no es práctico, tampoco útil y menos aún inteligente. Pero, sobre todo, lo que hay que hacer y explicar hasta la saciedad es que la polarización, si se define por algo, es por su profunda inmoralidad. Es nihilista y hace imposible la convivencia armoniosa entre la gente al destruir la noción de bien común.

  • https://www.lavanguardia.com/opinion/20250719/10902218/que-populismo-vii.html
 
https://www.lavanguardia.com/autores/josemaria-lassalle.html
 
https://avisosnadie.blogspot.com/2022/11/que-no-te-enganen.html
 
https://avisosnadie.blogspot.com/2025/01/las-raices-de-nuestro-lobbysmo-castizo.html
 
Otros lo veian  asi y no sirvio de nada, mucho peor ...

Sin embargo, el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, la violencia material debe ser derrocada por la violencia material, solo la teoría se convierte en violencia material tan pronto como se apodera de las masas. La teoría es capaz de apoderarse de las masas tan pronto como se demuestra ad hominem, y se demuestra ad hominem tan pronto como se vuelve radical. Ser radical es abordar el problema desde la raíz. Pero la raíz del ser humano es el propio ser humano.

http://www.karl-marx.name/karl-marx-zitate.html

El 55% de los encuestados considera que la sociedad española está rota y el 57% que está en decadencia. El 68% no cree en los medios de comunicación, ya que piensan que están más interesados en ganar dinero que en contar la verdad. El 61% cree que las élites toman las decisiones teniendo en cuenta únicamente sus intereses. Son datos de una encuesta de Ipsos.

 El clima español favorece mucho el auge de los partidos populistas

¿ Podemos ? Planes economicos de reparto inviables.Configurado y postulado desde el inicio ideologicamente bajo los postulados teoricos de Laclau, padre del populismo de izquierda

VOX ? ideas populistas contra europa, contra inmigración, planes economicos inviables,etc

Comentarios

Entradas populares de este blog

Criptomonedas sin regular, otro caso que se aviso que pasaría

Funcionamiento SASAC VS caso DeepSeek-V3....The Short Case for Nvidia Stock ¿Aliarse con EEUU y la India o aliarse con China ?

Los medios de comunicación no ponen a cada uno en su sitio